Miraba impresionada y pensativa la rectitud de las rayas de aquella caballa, mientras observaba al mismo tiempo la fortaleza con la que el agua del río rompía contra las rocas. Ella antes también lo era, fuerte. No sabía en que momento empezó a dejar de serlo, a sentirse cómo un tronco inmóvil, resaltando con su belleza las puestas de sol, pero sin dejar de sentirse inerte, sin latido.  Siguió con la mirada perdida y ausente, refugiándose entre aquel seto del frío viento de invierno.

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